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Pequeño Lacancito Ilustrado

Aprenda a no gozar

Goce y placer

¿Cuántas veces ha escuchado la frase “hay que gozar de la vida”? Concepto engañoso si los hay. Desaprender esa “exigencia” conlleva un trabajo interno intenso. Aprender a no gozar o, lo que es lo mismo, aprender a disfrutar el placer sin caer en el goce extremo es más que recomendable.

Todos los goces, el goce

En primer lugar, y por si usted no es psicolog@, psicoanalista o psiquiatra, es bueno aclarar que se han descripto y nombrado muchos tipos de goce: goce del Otro, goce femenino, goce masculino, goce fálico, goce del síntoma, goce de la vida, etc. Sin entrar en tales profundidades, la idea es brindar un panorama más general acerca de gozar y su diferencia con experimentar placer con el que habitualmente se lo confunde. Error no casual, le diría.

El mapa del goce
Foto de Leah Kelley

Cuando gozar no es un placer

El goce no es lo opuesto del placer. El goce está más allá del placer. Mientras que el placer sería algo así como una sensación vinculada a la reducción de una tensión, el goce no se conforma e invita a ir por más. Después de todo ¿Quién no querría recibir más placer? Tomó una copa, lo disfrutó ¿Por qué no tomar dos, tres, cuatro y 100? Seguramente, comienza a entender.

Gozar vs. Placer
Foto de Debora Bacheschi

Fin y principio

Jacques Lacan afirma que en el gozar hay algo del orden “del forzamiento” en oposición al placer donde nada se fuerza. Donde todo fluye. Forzar la continuidad del placer más allá de su duración natural, puede ser la puerta de entrada al infierno del goce ¿Dónde termina el placer y empieza el goce? Allí donde comienza a aparecer el dolor ¿Dónde termina el goce? En la muerte o muy próxima a ella.

Fin y principio
Foto de Anika Huizinga

Gozar: siempre más

En todo exceso hay un goce y en todo goce hay exceso. Ya no se trata de una liberación de una tensión existente como en el placer. Se trata de una tensión, un forzamiento, que empuja a la búsqueda de un máximo e inexistente placer que, por ser goce, jamás será placentero y conducirá, indefectiblemente, hasta el límite mismo de lo físicamente y psíquicamente soportable.

Exceso
Foto de Tom Sodoge

Los principios de Freud

Ya en 1919, Sigmund Freud nos adentra “más allá del principio del placer”. La excitación genera una tensión. De alguna forma, usted logra liberar esa energía y la tensión disminuye o desaparece. Usted siente placer. Hasta acá, un proceso mecánico, orgánico, simple y fácil de comprender. Bajo este primer marco, usted busca el placer y trata de evitar el displacer.

Freud y el Goce
Sigmund Freud

La realidad

Pero, siempre hay un pero, este principio del placer que busca evitar el displacer se las tiene que ver con otro principio: el principio de realidad. El placer tiene que “sortear” los obstáculos que la realidad plantea para obtener su satisfacción.

El principio de realidad
Foto de Matthew Garoffolo

Pulsión de vida, pulsión de muerte

La cosa sigue sin cerrar del todo y esto lleva a Freud a descubrir la compulsión a la repetición. Repetimos inconscientemente, una y otra vez y hasta en los sueños, un hecho traumático que reprimimos y que conscientemente queremos evitar a toda costa ¿Qué tiene que ver esto con buscar el placer y evitar el displacer? Nada. Entonces hay otra pulsión en juego. Una que nos lleva a querer volver a un estado anterior. Anterior a esta búsqueda del placer. Un estado sin búsqueda, sin vida. A esta nueva pulsión, opuesta a la anterior, Freud la llamo “pulsión de muerte”. Donde antes había una “voluntad” de evitar el displacer ahora hay una pulsión que busca abrirse camino hacia su satisfacción sin importar mucho si el resultado es el placer, el dolor o ¿Por qué no? Ambos.

Pulsion de muerte
Foto de Armin Lotfi

Lacan

A diferencia de Freud, Lacan afirma que existe una sola pulsión: la pulsión de muerte. La pulsión busca siempre repetir un goce. Volver a un goce experimentado y perdido en el comienzo de la existencia de cada sujeto. Va a contramano de la vida. Va para atrás y no hacia adelante. Nos empecinamos inconscientemente en recuperar una sensación de goce pérdida e imposible de recuperar. Entre más repetimos lo mismo, menos goce encontramos y más fuerza adquiere la pulsión que me empuja a ir por él. Como en una adicción, existe un placer prometedor al inicio pero cada vez que vuelvo por él, necesito más para experimentar lo mismo que siempre resulta menos. Que nunca es lo que fue.

Jacques Lacan

Le ordeno gozar

La cultura actual, por su lado, se suma al juego y no precisamente a su favor. Bajo el llamado “imperativo del goce” usted recibe a diario la orden de ser feliz a cualquier precio. No se pierda está oferta!!! Encuentre al amor de su vida!!! Descubra el mundo!!! Llame ya!!! Pare de sufrir!!! Siéntase bien!!! Sea feliz!!! Sustitutos todos que se montan en la dinámica de su propio goce, lo alimentan y siempre lo dejan con una sensación de insatisfacción. Parecía que sí pero no.

El imperativo del goce
Foto de Jing Xi Lau

La salida es por acá

Dejar de correr detrás de un goce perdido hace mucho, nos enfrenta a la falta y la falta nos abre paso al deseo. Ese deseo que, usando la fuerza y la energía de la pulsión, nos puede impulsar hacia adelante. Hacia lo nuevo. Y, ya no, hacia lo de siempre. Hacia un atrás que ya no existe y que, quizás, nunca existió. Le deseo lo mejor: su propio deseo.

Terminamos por hoy.