Saltar al contenido
Pequeño Lacancito Ilustrado

Todo sobre su madre

La mano que mece la cuna

Una madre es la persona más poderosa del mundo. Como dijo William Ross Wallace: “La mano que mece la cuna es la mano que gobierna el mundo”. Su poema “Lo que gobierna el mundo” es en realidad un elogio a la maternidad como esa fuerza superior capaz de cambiar la realidad. Claro que ese poder, como cualquier poder, puede generar mucho bienestar, mucho malestar y, en muchos casos, bastante de ambos. Piense en el hombre o la mujer que usted considere más poderos@ del planeta, hoy o en cualquier momento de la historia. Ahora, imagínel@ de pequeñ@ frente a su madre ¿Comprende el punto verdad?

Maternidad y Psicoanálisis
Foto de Isaac Quesada

Ella, el principio de todo

En primer lugar, sin su óvulo, usted no tenía chance alguna. Es verdad, su padre hizo su aporte de millones de espermatozoides pero, sin el útero de ella, sus posibilidades de asomar a la existencia humana sumaban cero. De aquí, surge el clásico: “la puta madre que me parió” ante esas situaciones en que usted desearía no haber nacido. Una injusticia, considerando que, ante un logro que usted obtiene, no debe ser común escucharl@ afirmar con el mismo énfasis: “la hermosa mujer que me dio a luz”. Su madre l@ dio a luz y también l@ dio a oscuridad. Básicamente, l@ dio a la vida. Ella fue la figura fundamental en su desarrollo psicológico. Su conducta emocional, la de ella, es la que determinó que usted pudiera alcanzar su verdadero yo. O, caso contrario, la que no logró actuar eficazmente como un yo auxiliar necesario para que lo logrará. Acá, no se trata de juzgarla a ella o a usted. Se trata de entender primero y aceptar después para poder avanzar sin culpar, sentirse culpable, idolatrar o desfenestrar a nadie. Empezando por ella, porque todo, todos y todas l@s demás vinieron después.

Foto de Ann H

En sus marcas, listos…

La frase “la concha de mi madre” es otra curiosidad. Piense que no existe, ni existirá, otro lugar tan importante y místico en su vida como ese portal por el cual usted ingresó a la vida. Sin contar, claro, los nueve meses que ella y usted fueron un@. Casi nada. Al principio, su dependencia hacia ella fue absoluta. Desde contener su angustia hasta proveerle el alimento y todo lo necesario para que usted sobreviva que, no hace falta aclarar, no fue poco. Imagine ahora su ansiedad, la suya no la de ella, después de experimentar el trauma del nacimiento. Salir de ese lugar calentito donde todo era calma y bienestar fetal. Como usted seguramente no lo recuerda, permítame ayudarl@. Supongamos que su parto fue natural. Usted fue quien decidió el momento en que todo comenzaría. Primero, modificó de forma drástica el equilibrio hormonal de su mamá. Esto fue sólo el anuncio. Acto seguido, comenzaron las primeras contracciones a las que usted se fue acostumbrando gradualmente, como si recibiese un masaje. Entonces, inclinó su cabeza, apoyó su mentón en su pecho, encogió los brazos y las piernas y cerró fuerte los puños para hacerse una bola.

La luz al final del túnel
Foto de Warren Wong

El túnel y la luz al final

A esta altura, usted experimentó las contracciones que ya duran 60 segundos completitos y son cada dos minutos. El cuello del útero de su mamá se angostó. Fue ahí, cuando usted apoyó su cabeza sobre él y rompió la bolsa del líquido amniótico. Pasar por ese túnel angosto, angustia y mucho. Imagine su corazón como un tambor. Recuerde las paredes del útero presionando sobre usted y empujándol@ hacia un futuro desconocido sin que usted pueda hacer otra cosa más que seguir adelante. Cualquier similitud conceptual con sensaciones posteriores de su vida, no son mera casualidad. Gracias a sus reflejos, usted bajó la pelvis, giró sobre si mism@ y descubrió que si inclinaba su mentón, aún más hacia su pecho, era más fácil pasar producto de que su cráneo reducía su diámetro. En ese momento, las contracciones l@ envolvieron y l@ empujaron hacia afuera como un huracán, vaciando sus pulmones del líquido que estaba en ellos. Si está cansad@ con sólo leer, imagínese lo que fue vivirlo. Por fin, llegó el momento: sacó primero su cabeza, después sus hombros y, por último, el resto de su cuerpo.

Salir al mundo
Foto de Alex Hockett

Afuera

Alguien l@ agarró de sus pies y l@ puso cabeza abajo. Por primera vez sintió el peso de su cuerpo y la fuerza de gravedad haciendo cada movimiento imposible. Por primera vez, sintió el frio intenso sobre su piel, la luz estallando en sus ojos con una intensidad aniquiladora y los sonidos a un nivel pertubador que jamás había experimentado. En ese momento, usted hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su lugar: lloró. Lloró como llora, hoy en día, cuando la angustia l@ supera. Lloró como, quizás hoy, le vendría bien llorar cuando la angustia l@ supera. Después, buscó con todos sus sentidos a la única persona que, hasta ese momento, conocía en el mundo: su mamá. Sólo cuando sintió su olor, sus latidos y su voz, pudo sentirse a salvo. Estaba de nuevo en casa.

Parto Bebé Madre
Foto de Wayne Evans

Tomárselo todo a pecho

Hay que tener estómago y usted estaba a punto de estrenar el suyo. Cuando por fin estaba teniendo un poco de paz, algo se retorció en su interior. Ese fue su primer contacto con el hambre. No el que siente ahora y soluciona comiendo algo. El hambre de su vida. Usted no entiende lo que pasa. La sensación es asquerosa: vuelve la ansiedad, el miedo y la tensión hasta que, mágicamente y sin previo aviso, descubre algo que jamás olvidará y que buscará a lo largo de toda su vida: el placer. Toda la tensión acumulada desapareció cuando su boca comenzó a succionar el pecho de su mamá y brotó la leche. Sus labios, automáticamente, se convirtieron para siempre en receptores sensoriales de placer. Con ellos, comerá, beberá, chupará y besará reviviendo algo de aquella primera vez. A esta altura su mamá no es una persona, no es una mujer. Es una teta que l@ tranquilizará al nivel que ninguna otra cosa podrá hacerlo. En esta etapa, llamada lógicamente oral, su boca le permitirá canalizar todos sus impulsos y su ansiedad. Al pecho de su mamá lo acompañaran el chupete, la tetina de la mamadera, su propio pulgar y todo lo que encuentre a su alcance y usted lleve a su boca.

Dar el Pecho
Photo by Jan Kopřiva

Te amo, te odio

Para su ego rudimentario y poco integrado, el mundo pasó a dividirse en dos: tensión y placer. La pulsión de muerte, originada por el trauma del nacimiento y potenciada luego por el hambre, introdujo en usted la ansiedad como mecanismo cotidiano. Para hacer frente a ella, en las circunstancias de entonces, sus únicas armas fueron la fantasía de escisión (separar algo en dos o más partes), la proyección (depositar en el afuera algo interno) y la introyección (depositar adentro algo de afuera). Por ejemplo: usted proyectó hacia afuera sus sentimientos de amor y odio por separado. Para usted, ya no hay un pecho (o una madre). Ahora, hay dos. Un pecho bueno (su mamá amada, que l@ gratifica, alivia su tensión y le causa placer) y el pecho malo (su mamá odiada, que l@ frustra y no alivia su tensión). La ama y la odia, le da placer y l@ tensiona más, es buena y es mala pero usted no puede juntar todo en una sola persona ¿Le suena? Eso que pasa hacia afuera le va a pasar también hacia adentro. Habrá entonces un “usted-bebé” buen@ y “usted-bebé” mal@. Similar, quizás, a como se experimenta a sí mismo bajo diferentes circunstancias. A veces, se siente un o una ídol@ y, otras veces, una mierda. La omnipotencia y la idealización serán clave para usted en ese momento. La omnipotencia le servirá para negar las experiencias malas. Por otro lado, exagerará e idealizará las experiencias buenas para protegerse de todo aquello que consideré frustrante.

Emociones encontradas
Foto de Andrea Piacquadio

Espejito, espejito

Si una madre logra sostener emocionalmente a su hij@, permitirá que él o ella se sienta amad@. Esto logrará que adquiera seguridad en sí mism@ y permitirá una sana integración de su propia representación de sí mism@ y de la de los demás. Jacques Lacan desarrolló esto como nadie y lo llamó “estadio del espejo”. Sin aburrirl@, solo le diré que, entre los 6 y los 18 meses, usted se vió reflejado@ en algún espejo y, por primera vez, tuvo la idea de totalidad. Hasta ese momento, usted veía sus manos, sus piernas, experimentaba mil sensaciones interiores inexplicables pero no tenía una idea totalizadora acerca de usted mism@, solo tenía una colección incoordinada y fragmentada de registros de su organismo biológico. Su reflejo en el espejo le devolvió una imagen integrada y la posibilidad de depositar en ella un “yo”. Es@ soy yo. Una construcción imaginaria suya acerca de usted mism@. Esa imagen, ese yo, necesito de las palabras de otro para cargarse de contenido. Ya supondrá quién es ese otro: por supuesto, su madre ¿Quién es es@ bebé tan lind@? ¿Quién tiene los ojitos de papá? Y todo lo dicho por mamá, lo positivo y lo negativo, alimentó un yo ideal que despertó en usted tanto atracción (narcisismo primario) como agresividad, producto del miedo a la fragmentación que amenaza esa imagen integrada e integradora.

Estadio del espejo
Foto de Warren Wong

Ella y mi Yo

Esta primera identificación con su imagen (con ese primer otro que aparecía en el espejo) fue la primera de miles que fundó su modo de vínculo con el resto, con lo social. Demás está decirle, que esa supuesta autonomía de su yo no es más que ilusión. Su yo no es otra cosa que una construcción que se formó por su identificación con la imagen en el espejo. Para ser más claro: la autonomía de su yo, y del yo de cualquiera, es solamente una ilusión narcisista de dominio y control. Nada fue más peligroso para usted y su nuevo yo que perder el amor de su madre. Es más: quizás lo sigue siendo a nivel inconsciente. Ella introdujo, mal o bien, a su padre ante usted. Y, si tuvo suerte, su padre pudo despegarl@ de ese “amor” de madre para empezar a salir al mundo y no quedar fijad@ a ella como un objeto destinado a llenar su falta. Cortar el cordón que le dicen. Ella, su mamá, internalizada por usted en usted es su Gran Otro. Y desde ese lugar, en su cabeza, lo sigue premiando y castigando. Pero no se engañe. Ella en realidad es una mujer. Es Marta, Inés, Patricia… Es una mujer, de carne y hueso, que también tuvo una madre. Una mujer que hizo lo que quiso, lo que pudo o lo que supo hacer bajo las circunstancias que le tocó vivir. Una mujer, su mamá.

Una mujer, su mamá.
Foto de Jonatán Becerra

Ella y Usted

Por último, y para sumar en esto de perdonar y perdonarse, aceptar y aceptarse, celebrar y celebrarse creo oportuno regalarle una cita del gran John Anthony Wilson Burgess para que la lleve con usted de aquí en adelante. Nos dice John: “¿Quién no ha sido defraudado? No pensemos sin embargo que el culpable es un sistema, o la sociedad, o el Estado, o una persona determinada. Son nuestras ilusiones las que nos van defraudando. Todo comienza en el vientre materno y el descubrimiento de que hace frío allá afuera. ¿Y acaso es culpa del frío que haga frío?”.

¿Y es culpa de su mamá que haga frío?

¿Y es culpa de usted que haga frío?

Terminamos por hoy.

Charles Aznavour – She